Es la pregunta que más me hacen. Y para responderla tengo que confesar algo: cuando empecé a estudiar astrología, yo tampoco sabía que existían dos.
Lo descubrí sin buscarlo, con el reflejo del periodismo todavía encendido: en este oficio, antes de publicar algo, hay que corroborarlo. Así que un día hice justamente eso: busqué mi carta astral en internet y la comparé, con ayuda de una aplicación astronómica, con el cielo real de la noche en que nací. Y no coincidían.
No un poco. Coincidían mal.
Ahí entendí que la mayoría de la astrología que circula, horóscopos, apps, internet, es tropical: usa coordenadas fijadas hace más de tres mil años, que desde entonces no se han movido. Un mapa heredado, congelado en el tiempo.
La astrología sideral es la otra: la que sí corresponde con lo que está pasando arriba, ahora mismo, en el cielo real. Y era, sin que yo lo supiera todavía, la misma astrología con la que Nubia había leído tan acertadamente mi carta años atrás.
De ese descubrimiento nació la premisa que define mi trabajo hasta hoy: si voy a interpretar una carta astral, tengo que mirar el cielo verdadero, comprobable, no uno heredado.